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TU PROBLEMA NO ES MI PROBLEMA


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TU PROBLEMA NO ES MI PROBLEMA

 

 

En mi opinión, nuestro deseo de ser “buenos” –de forma natural o por imposiciones religiosas o educacionales-, de ser amables y generosos, compasivos y caritativos, a veces nos hace malas jugarretas y acabamos perjudicándonos –innecesariamente- cuando pretendemos beneficiar a los otros.

 

Esto va a sonar fatal en la conciencia de quienes han sido educados en la creencia de que SIEMPRE tienen que ser obedientes y dóciles ante las peticiones de los otros, y ante sus necesidades, pero es conveniente partir de esta premisa cuando nos enfrentamos a una situación de petición de ayuda o favor por parte de otro:

 

SU PROBLEMA ES SU PROBLEMA.

 

EL PROBLEMA DEL OTRO ES DEL OTRO.

 

Si uno tiene esto claro –y no se ha escandalizado ya por las dos frases y ha salido corriendo-, le va a ser mucho más sencillo manejar este asunto a partir de ahora.

 

Hay muchas personas que descargan sus problemas sobre nosotros y nos responsabilizan de que se lo solucionemos. Y en demasiadas ocasiones, eso es lo que hacemos: nos agobiamos, padecemos, y estamos inquietos y sufrientes para poder resolver lo que tienen que resolver ellos.

 

Si uno comprende que el problema del otro no es su propio problema, mantiene la objetividad y perspectiva convenientes para poder ayudar con mayor efectividad, ya que el hecho de no estar implicado directamente le permite ver aspectos que desde la ofuscación del problema no se ven.

 

Hay preguntas y asuntos que pueden crear revoluciones internas de difícil conciliación y aplacamiento. Por ejemplo… ¿tengo que ayudar SIEMPRE y a TODOS?

 

Uno espera responder directamente y sin dudar lo que se supone que dicta la caridad cristiana: SÍ.

 

Pero… cuando uno sale perjudicado al hacerlo…¿tiene que hacerlo?

 

La respuesta adecuada la ofrecen la conciencia, la sabiduría, la justedad o la justicia, el corazón…no hay una norma estandarizada que sirva para todos los casos, ya que cada caso es distinto y uno ha de decidir con justeza ante cada uno de ellos.

 

Uno decide si desea implicarse voluntariamente y colaborar, o se da cuenta clara y directamente de que el otro pretende abusar, y entonces puede comprender –si quiere- que el otro tiene que resolver sus propios problemas. Volvemos a lo mismo.

 

No estoy en contra de ayudar a los otros, estoy a favor, pero… siempre y cuando uno no sienta que se están aprovechando descaradamente de él, y siempre y cuando uno no se sienta directamente perjudicado. Lo dejo a la libre decisión de cada uno, pero menciono que hay mucha gente que de un modo sibilino, sinuoso y casi furtivo, nos implica en sus asuntos problemáticos, nos responsabiliza de sus responsabilidades, nos trasplanta sus preocupaciones, y nos deja solos y al cargo.

 

Visto desde un punto de vista aséptico, ayudando a los otros les estamos perjudicando –pero exceptúo el caso de los impedidos o no capacitados para hacerlo-.

 

Al ayudarles, les estamos impidiendo que desarrollen sus propias facultades y potencialidades, su ingenio, su capacidad de resiliencia, las habilidades que todos debemos adquirir para poder manejarnos en esto que llamamos Vida. Sí, para ellos es más cómodo que seamos nosotros quienes lo hagamos, pero eso les lleva también a ser más dependientes e inseguros.

 

Al hacerlo, les privamos de la posibilidad de crecer en su intelectualidad, de progresar en manejo de sus emociones y sentimientos, de aprender más acerca de sus conductas.

 

Al hacerlo, estamos haciéndoles ver de algún modo que ayudarles es una obligación nuestra y ser ayudados es un derecho suyo. Es mejor que aprendan a hacer las cosas con su propio esfuerzo.

 

Al hacerlo, estamos aplicando nuestra experiencia y conocimientos para resolver ese asunto, y… ¿quién nos dice que nuestro modo es el apropiado para el otro? Sin querer podemos causarle más un perjuicio que un beneficio.

 

Por supuesto que esto de generalizar, como lo estoy haciendo, hace que estas sugerencias no sirvan para todos los casos concretos y personales. Trato solamente de dar unos puntos de vistas distintos, y luego cada uno es libre de aplicarlos o no, y cada uno decide si cree necesario ayudar o si puede enseñarles a pescar en vez de darles los peces.

 

Abogo más por no resolverlos –que lo hagan ellos-, pero sí puede ser conveniente acompañarles para que encuentren sus propias soluciones.

 

Este es un asunto complicado.

 

Te dejo con tus reflexiones…

 

 

Francisco de Sales

 

 

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