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maritomario

3ero - Era una buena idea

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Si José pudiera explicar cada cosa que hace a diario sería un tipo mucho más “normal”.

 

Luego de su siesta de una hora fue y se dio una gran ducha de agua fría. El día estaba muy caluroso para bañarse con agua tibia, además significaba un derroche de gas y las condiciones no daban para esos lujos.

 

Su madre barría el antejardín de la casa con cortos y muy forzados impulsos con su viejo escobillón de paja, y a la vez que lanzaba pequeñas migas de pan afuera de la reja para que las palomas se deleitaran comiendo. A ella también le deleitaba verlas dependiendo tanto de ella.

 

Esta vez cuando salió José se quedó observando la tierna escena de su madre y las palomas, y no pudo resistir la tentación de hacer lo mismo: Quitó un par de migas de la mano de su madre y las lanzó a una paloma que estaba a un lado de las demás que por ser más chica no alcanzaba a recoger ningún pedacito de miga. Una vez que la paloma hubo comido el pedazo lanzado, este besó fuertemente a su madre en la frente y se fue corriendo a su jornada de tarde.

 

Pudo haber sido el beso, ya que en algún momento todos los hijos toman conciencia del amor de una madre y lo devuelven; pudo haber sido, también, el que se levantó a la hora y fue corriendo a su lugar de trabajo porque Don Urbano le dijo que intentaría mejorar su puntualidad incentivándolo con un aumento de sueldo; pero lo que no podía encajar en su actuar era ese lindo y amable gesto con las palomas, en especial con esa, la más desvalida. Lo normal era que saliera pateando cuanto emplumado se le cruzara y además reprendiera iracundamente a su madre de alimentar a esas “ratas con plumas y alas”, pero lo más raro aún estaba por ocurrir.

 

Llegando a su lugar de trabajo, un almacén de abarrotes y licores a cinco cuadras de su casa, sucede lo más extraño del día. – Buenos días don Urbano, entró saludando, José. – Buenas tardes querrá decir, joven, respondió el viejo, pero esa era una respuesta condicionada después de las doce del día que estaba en la cabeza del setentón canoso y ya casi sin pelo, porque no se fijó que era el irrespetuoso e impulsivo José que llegaba todos días 15 o 20 minutos tarde luego de su siesta y entraba directo a cargar las cajas de bebida, ya que ahí podía fumar sus cigarrillos.

 

Pudo haberlo despedido hacía meses, pero don Urbano más que darle un trabajo tenía un compromiso moral con él y su madre: Era el único de dos hermanos que aún quedaba en casa y que acompañaba a su madre en las tardes, además que él significaba la única fuente de ingresos de la casa y tenerlo trabajando era la única forma de ayudar a su madre, y de paso a él para que no cayese en las drogas, nuevamente.

 

Pero esta tarde llegó saludando, aunque erróneamente, lo hizo y además de eso se puso en frente de don Urbano y preguntó por dónde quería que empezase. – eh, creo que sería bueno que empezaras por las cajas de bebidas de atrás, dijo el anciano esperando que la situación no fuese más rara de lo que ya era. Probablemente José estaba actuando raro bajo alguna presión o bajo los efectos de una droga nueva que su mamá le había hecho tomar, así que cambiarle rotundamente su rutina podría ser peligroso para alguien tan impulsivo como él. José se fue a la bodega trasera y antes de mover las cajas encendió un cigarro tranquilamente y se apoyó en la muralla por el hombro, pero incluso para él las cosas estaban raras, a pesar de que en su mente esto siempre había sido así, algo en su psique proponía un “cómo sería sí…” y pensaba que en vez de esa rara sensación de querer hacer todo bien era algo común, sería mejor si fuese un poco más rudo, despreocupado, así como les gusta a las mujeres—como el tipo rudo, rebelde, pero en el fondo bueno, todo un Sawyer (de la serie LOST) y no un Jack Sheppard, con quien se sentía identificado en el último tiempo, pensó.

 

Esa noche antes de retirarse del almacén ofrece salir a fumarse un cigarrillo a Don Urbano. El anciano estaba en la labor de asentir a todas sus sugerencias para evitar un despilfarro de brutalidad del chico. – Esta tarde te luciste, José, a la señora Doris casi le da un infarto cuando te vio tras el mostrador y saludarla gentilmente – inició la amena conversa el anciano. – La rara es ella, si siempre la he tratado igual – contesto el joven. Ahí fue cuando el setentón definitivamente pensó que el chico no estaba bien de su cabeza y decidió no pasar de esa semana sin hablar antes con la anciana madre de su empleado.

 

Al llegar a su casa, su madre ya tenía servido el té y este al ver esta escena no reaccionó, se quedó impávido, sólo pestañeaba como alguien en estado vegetal, pero de pié. – No tengo hambre – dijo y subió a su pieza. No quería hacer sentir mal a su madre, pero la verdad es que sólo quería llegar a su pieza y ver algo bueno en la televisión, pero algo con contenido, no sólo porno que era lo que más ofrecía el cable en las noches. Sintonizó AXN y comenzó a ver LOST.

 

Su madre abajo, a pesar de todo, no estaba sorprendida ni mucho menos se sentía rechazada, era lo que tenía que pasar, aún así llamó por teléfono al Doctor Veliz.

 

– Doctor, buenas noches, disculpe por llamar a esta hora, pero usted dijo que lo llamase para contar los resultados y cambios que tenga mi hijo – dijo la anciana. – Cuénteme – respondió a secas el doctor.

 

Hasta hace unos momentos todo estaba bien, tal y como usted lo dijo, es otro José. A veces me asusta, es casi como Marcos, pero ahora al llegar se quedó paralizado al entrar a la casa – ¿hizo usted algo fuera de lo común, señora Ana? – interrumpió el doctor. – Claro que sí, lo estaba esperando con la mesa puesta, lista para tomar té, es que quería premiarlo por su excelente conducta en el día. – Y ¿qué le dije yo que hiciera? ¿Acaso no le dije que tenía que ser todo tal cual como todos los días? – preguntó Veliz. Las diferencias las debe ir generando él hacia su entorno y no al revés – llamó fuertemente la atención el doctor a la octogenaria – sí doctor, como usted diga, es que usted no entiende la emoción que siente una madre cuando un hijo… – buenas noches señora Ana – cortó abruptamente el doctor, demostrando su disgusto con la señora, al fin y al cabo estaba su nombre en juego y esto podría transformarse en un “problema” con el paciente.

 

A pesar de los consejos que dio el doctor a la vieja madre esta siguió sus instintos y fue a la pieza de su hijo. Dio dos golpes suaves a la puerta antes de abrir y cuando entró se dio cuenta que la escena se repetía, su hijo estaba inerte mirando a la televisión; su boca estaba un poco abierta y pestañaba lenta y continuamente. – José – intentó llamar la atención a su hijo. – ¡José! tuvo que subir la voz para que este saliera del transe, pero no salió de aquel estado hasta que el capítulo de la serie llegó a su fin. Sólo entonces se reincorporó sacudiendo levemente su cabeza y mirando a su madre con mucha ternura. – ¿Sabes mamita?, Han dado el final de temporada y quedó mejor que nunca. Ahora me queda todo un año para esperar la cuarta temporada. La anciana se sentó en el borde de la cama para seguir escuchando a su hijo. – Sucede que yo pensé que estaban pasando la vida anterior del doctor, pero no era así, sino que era su futuro… las palabras de su hijo comenzaban a desvanecerse en su cabeza a medida que retornaban los recuerdos de su hijo Marcos muerto hace dos años en una pelea por defender a José que, para variar, estaba metido en problemas de drogas.

 

Marcos era el hijo ideal, atento, cariñoso, trabajador, un muy buen doctor y un excelente novio, así lo decía Antonieta en cada once que tomaban juntos en su casa. Era fanático de las series televisivas, sobre todo aquellas que daban ribetes de ocultismo y fenómenos paranormales. LOST era su favorita y siempre la comentaba de sobremesa. “Trataba de un grupo de pasajeros del vuelo 815 de Oceanic Airlines que habían caído en una isla en medio del Pacífico mientras se dirigían desde Sídney a Los Ángeles, pero cosas extrañas sucedían en esa isla”. Su primogénito le daba muchos más detalles y posibles teorías sobre qué era aquella isla, pero sólo recordaba eso. Muchas veces cuando Marcos salía tarde del trabajo ella comenzaba a ver la serie casi sin entenderla, pero apenas llegaba su hijo mayor le comentaba lo sucedido dándole descripciones de personajes y lo que hicieron, él la escuchaba con mucha atención tratando de comprender todo lo posible que su interlocutora pobremente explicaba hasta que volvían los comerciales y todo comenzaba a entenderse. Ahí se quedaba él, atento al televisor mientras que la orgullosa madre preparaba el té con más amor que cuando su marido estaba vivo. Ya se había ido hace muchos años atrás y estaba superada esa pérdida.

 

…– Mami, ¿entendiste? – dijo José al terminar su relato. – Lo siento, amor, pero tú sabes que siempre me quedo hasta la mitad de tus relatos, mis viejas neuronas no procesan tanta información como las tuyas. A pesar de decirlo muy tiernamente, aquella viejecilla estaba bastante consciente que su último halago tenía un doble discurso. Y saber que pronto vendría la hora de dormir la ponía aún más contenta.

 

– Vamos a tomar tecito, vieja, tengo hambre – concluyó José.

 

Terminada la once, José se pone de pié como sonámbulo, como si una fuerza lo llamara inconscientemente, pero pronto reacciona sacudiendo su cabeza. – Estoy cansado, mamita, enciéndeme el calefón para darme una buena ducha antes de acostarme – Al tiro, corazón – dijo su madre remarcando la última palabra y esperando si ocurría alguna reacción en su hijo. Aquella frase inquietó a José y la miró con desconfianza y seriedad, como diciendo con su mirada: “tú sabes lo que me pasa”, pero la vieja hizo caso omiso de la pesada mirada en su nuca y siguió su camino a encender el calefón.

 

Mientras José se baña comienza el ritual de aquella madre en sus intentos de transformar la personalidad de su hijo. Primero rocía su pieza con gas somnífero muy suave disimulado por las fragancias del mismo embace “Glade, desodorante ambiental” dice falsamente su etiqueta. Luego va a su pieza y saca sus bordados y espera a que su hijo entre en la pieza donde debe aguardar exactamente diez minutos. Luego entra en la pieza de su hijo, termina de arroparlo con las sábanas y frazadas de su lecho. Saca de debajo de la cama una consola de la que cuelgan algunos cables con una especie de sopapos en sus extremos, la deja sobre el velador mientras que de su bolsillo saca una caja con “sopapos” los que empieza a pegar en el cuerpo del dormido, dos de ellos sobre su frente, dos más para sus sienes, dos en su pectoral derecho y dos en el izquierdo, junta los extremos de los cables a estas junturas y enciende la consola la que avisa de su buen funcionamiento emitiendo una luz verde muy tenue. Para terminar pone un protector bucal en su boca para evitar fatalidades en caso de un ataque de epilepsia. Finalmente lo besa en la frente y se va a dormir a su pieza.

 

 

A las 3:48 am exactamente hubo un apagón que abarcó la totalidad de la ciudad. La consola respondió correctamente como era de esperar, emitió agudos pitidos intermitentes para que el usuario pasara a energía continua, es decir que insertara baterías. Eso sólo significaba una cosa, problemas. La viejecilla se apresuró lo que más pudo, mientras repetía – esta noche no, por favor, ahora menos que nunca. Bajó rápidamente las escaleras y fue al patio, ya que ahí había dejado cargando la batería, además era el único lugar en que su hijo no sospecharía algo tan raro en su casa. La betería tenía un peso de quince kilos y el aza que tenía para sujetarla firmemente no fue suficiente para aquella senil mujer. Hubiese deseado te tuviera ruedas. – No, por favor, necesito fuerzas – decía la mujer mientras lloraba desconsoladamente.

 

Finalmente los pitidos dejaron de sonar y aquella vieja quedó en medio del comedor llorando arrodillada al lado de esa pesada batería. La paz duró cinco minutos aproximadamente, tiempo que en la vieja sólo se dedicó a rezar un rosario, luego se escucharon los quejidos de su hijo despertando. Al cabo de un minuto este baja en paños menores con una linterna en su mano tratando de entender qué es toda esa mierda de cables, pero sólo encuentra confusión y al ver su madre con los ojos hinchados de tanto llorar y con el rosario negro en su mano derecha. Pasaron cientos de pensamientos en su cabeza, ya no sabía cuáles eran suyos y cuáles no. – Vieja, tú sabes todo lo que me está pasando, ¿cierto? Pero la vieja sólo lloraba y seguía rezando el Ave María como si se le acabase la vida. – ¿Qué me pasa?, ¿Estoy enfermo? – preguntaba con mucha rudeza José. – No tenía que pasar así, menos hoy – respondió derrotada la vieja mientras sus llantos cesaban. - ¿Hoy? ¿Qué importancia tiene el día de hoy, mami? – la madre sólo negaba con su cabeza. – ¡Mamá! – gritó José. – ¿Quieres decirme que mierda pasa? – mientras se acercaba comenzaba a calmarse, así incorporó a su mamá tomándola delicadamente por el brazo. – Vamos arriba, José, te contaré desde el principio.

 

Una vez llegados a la pieza de José, la luz volvió a la ciudad y la vieja comenzó a hablar – siéntate, hijo. Primero vamos a rociar un poco de desodorante ambiental porque esta pieza parece de un león. Pero mientras comienza a rociar el gas José nota algo raro en la mirada de su madre y esta al darse cuenta de la suspicacia de su hijo huye hacia la puerta la que afirma con sus manos por fuera con el poco de fuerzas que le quedan. Los esfuerzos se le hacen inútiles para lograr su cometido, ella no combatiría contra la corpulencia de su hijo. En un arrebato de energía José logra abrir bruscamente la puerta hacia dentro, pero la puerta venía acompañada del cuerpo de la anciana que debido a descomunal fuerza perdió el equilibrio y seguida acción intenta sujetarse de su hijo para evitar una caída, pero este se hace a un lado dejando así caer a la vieja estrepitosamente contra el piso. – Ni hasta el último momento me has querido contar la verdad, vieja de mierda – dijo con recelo José – y ya sé que día es hoy, es el cumpleaños de Marcos. El es en quien intentaste convertirme con esa mierda que está en la pieza, lo sé porque casi creo que es mi propio cumpleaños, hay en mi cabeza recuerdos que jamás debí tener. Lugares que jamás visité, personas que nunca conocí, costumbres que nunca tuve y hoy recién vienen a tomar conclusión en mi cabeza.

 

Esa noche José se vistió con los primeros atuendos que encontró a su paso y salió corriendo de su casa esperando encontrar a sus viejos amigos para fumar un poco de cannabis y recordar así un poco más quién era realmente él. Lamentablemente antes llegar a ese lugar, volvió a pasar en su mente, había sentimientos dentro sí mismo que lo negaban concurrir a aquel sitio que ya se encontraba a metros de él.

 

Pudo haber sido el choque de emociones en su interior… Pudo haber sido también la sesión de terapia interrumpida esa noche, o el saber que su madre jamás lo quiso en verdad, tal y como sus sospechas lo carcomían desde pequeño.

 

Pudo haber sido muchas cosas, pero lo que haya sido hizo que José se comportarse como un loco gritando disculpas al aire y golpeando todo lo que se hallaba a su paso, locura que se apagó cuando uno de sus antiguos amigos por efecto de las drogas consumidas esa noche da una estocada certera el corazón de éste, para evitar que llamase la atención y llegara la policía.

 

Pudo haber sido la culpa de una madre al no poner atención y cariño a un niño rebelde… Pudo haber sido también la idea del doctor Veliz al querer cambiar radicalmente la personalidad de una persona al convertirla en otra completamente diferente con la ayuda de una máquina que maquina.

 

“Pudo haber sido muchas cosas, lo cierto es que siempre termina mal, doctor. Aunque lo admito, era una buena idea.”

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