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Iluvitar

Viernes de drogas

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Hola les queria mostrar este cuento que escribi ya hace unos meses, espero que les guste, cualquier opinion, critica sera bien recibida! Muchas gracias leer!

 

Es muy hermoso recordar esos días, si días, porque no era solo el viernes, sino también el sábado y domingo (y si había festivos, obvio, también) cuando en compañía de mis amigos nos juntábamos a perdernos en nuestros ya calendariados “Viernes de drogas“. Éramos cuatro, el “Salero Pipota”, Hugo, Tarugo (eran hermanos) y yo. Eran ansias, una pelotita que buscaba algún orificio por donde salir en nuestra cabeza, o al menos eso sentía durante toda la semana. Una esfera que rodaba por mi cráneo hueco, y yo creo que era hueco porque se escuchaba arrastrarse por encima de mis ojos todo el tiempo. Se golpeaba y de vez en cuando podía oír una campanita que sonaba “tilín” y así hasta que el humo de algún cigarro suicida calmara a la estupida bola o la pitiada de un porro que te hacia perderte en medio de la vegetación (con bola y todo), en medio de una salsa que era revuelta por una batidora gigantesca, muy lentamente, muy obedientemente. Pero todo en la selva, y si no era selva era el mismo lugar pero con el humo viciado y lento (todo lento). Tarugo bromeaba, siempre decía que por culpa del colegio no podía seguir borracho toda la semana, y tenia razón, nos perdíamos en clases ante la desesperación de que en 5 días de una semana, durante 12 años, íbamos a estar junto a las demás lacras de “Espejitos limpios” (de Guateros con Vomito como decía el Pipota), y no se que se creían todos esos ridículos, nos llamaban basura, enfermos, el típico y maricon termino de “drogadicto”, y no se que se les cruzaba o que juicios tenían en su mente, hacían lo mismo!, exactamente lo mismo, los mismos días pero en otros clubes y talvez bailando o quien sabe que. Nosotros éramos Las “Noches de Grillos” pero ojo, era nuestro el lugar, nos juntábamos en una sede y reunidos en esa choza sagrada nos calmábamos hasta perder la identidad y el olor a calle. La diferencia entre los tragos que me tragaba y los tragos que me tragaban era separada por el momento en que volvía a tomar conciencia para después y muy a menudo darme cuenta que me estaba ahogando en fluidos etílicos y que finalmente algún personaje dentro de mi expulsaba por mi boca. Esa era una forma de recibir la semana, de sacarnos las costras del crudo alquitrán y la masa comprimida de ruido en la ciudad. Era chistoso, como los Ugo (los hermanos) comenzaban en un principio a desesperarse por la marihuana, Tarugo cantaba y Hugo bailaba (y según el también cantaba), pero casi siempre el Salero terminaba amenazándolos para que se callaran o haciéndolos cagarse de susto, fingiendo que se le habían perdido nuestros dulces. Yo personalmente me conformaba con tomar hasta no poder mas en un principio, como todos, y conversar hasta que la choza se llenaba de nosotros mismos y cada uno se iba por su abismo asqueroso de humano. Tengo la imagen de siempre retomar la conciencia, a cualquier hora de la madrugada, usualmente viendo al Hugo vomitar y sollozar a la entrada del lugar, por no se que, y la muralla atablonada, clavada y postrada en un extremo de la choza. Muy cerca de la orilla que daba al sueño, cuando ya no sabíamos ni nos importaba saber en que tiempo estábamos, yo me ponía de cara al suelo para intentar que me bajara la orina y así ahorrarme el vomito. El Salero, borracho, enrolaba un porro con una fineza no común en el. Primero: abría una calabacita en la que el, le había cosido un broche y de ahí sacaba toda una pasta verde, un poco brillante y pasosa por el (Hugo: olor a vida) que dejaba. Después tomaba un papelillo, lo olía y lo acariciaba con la vista y lo flexionaba para continuación, verter todo el oro verde que a todos nos gustaba. Antes de lamer el pegamento y terminar el sello, el Pipota sacaba la lengua y la ponía en forma de U para después lanzarnos escupos hediondos y con olor a hombre. A veces no lo hacia. Listo, ahí estaba, frente a nosotros, un flaco bastón de papel hueco, que si no fuera por su alma psicoactiva, no valdría nada. Pero listo, ya, no había que esperar, era cosa de que el que quisiera empezar a quemar levantara la mano. No todos reaccionaban de inmediato, generalmente yo empezaba porque ya había expulsado casi todos los residuos que mi cuerpo excretaba. Insistían, una quemada. Yo le hacia dos, por la costumbre, y entre risas todos fumábamos mas de lo acordado.

Edited by Iluvitar

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haha super bueeno compadre! me gusto la parte "y no se que se les cruzaba o que juicios tenían en su mente, hacían lo mismo!, exactamente lo mismo, los mismos días pero en otros clubes y talves bailando o quien sabe que." Quien define que es una droga, o un drogadicto? al leer este relato esa fue la idea que me quedo, sigue escribiendo compadre!

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